miércoles, 27 de mayo de 2015

Autoconstrucción, vulnerabilidad y desarrollo urbano.

Exposición realizada el 18 de mayo en el Foro "Vivienda un derecho" organizado por el Colegio de arquitectos del Perú - Regional Lima en la Cámara de Comercio de Lima los días 18, 19 y 20 de mayo de 2015.

Cuando hace un mes y medio, a pedido del Decano del CAP Regional Lima, nos reunimos para planear este foro sobre vivienda, propuse centrar mi tema en la autoconstrucción, la vulnerabilidad que ella produce y el largo silencio sísmico que amenaza una amplia zona costera central del país y comentábamos sobre la necesidad de generar un impacto en la opinión pública, en las autoridades y sobre todo en la población respecto a la importancia pero sobre todo la urgencia de actuar.

Tengo que decir que lamentablemente ese impacto en la opinión pública sucedió a costa de siete mil muertos y muy grandes daños, muy lejos, en Nepal.

De inmediato en los medios surgió la comparación con Lima, comparación aterradora ya que el 25 de abril Katmandú con un millón y medio de habitantes tuvo siete mil víctimas y en Lima viven más de seis millones de habitantes en viviendas vulnerables con gran riesgo de colapso parcial o total.

Esta cifra fue calculada el año 2013, por el Instituto de Vivienda, Urbanismo y Construcción de la Universidad de San Martín de Porres, del que soy Director, en el Seminario Lima 8 referido a la autoconstrucción y los efectos que un sismo grado 8 ocasionaría en Lima, el ingeniero Julio Kuroiwa, en ese entonces docente de la universidad, calculó sobre el plano de microzonificación sísmica elaborado por PREDES, que en las áreas de mayor riesgo, el porcentaje de edificaciones potencialmente vulnerables, con riesgo de colapso parcial o total, está entre 60% y 100%, es decir un promedio optimista llega al 75% del total, más de un millón de viviendas, lo que representaría una cantidad insostenible de víctimas para un sismo grado 8.

Casi la totalidad de las edificaciones vulnerables identificadas, son producto de la autoconstrucción, aunque hay algunas viviendas deterioradas en áreas históricas o monumentales. Siendo la autoconstrucción, la causa de un problema de esta magnitud, es importante poder definirla:

Entendemos por autoconstrucción al tipo de edificación en la que el poblador es el responsable de todas o las más importantes decisiones técnicas del proceso de construcción.

Generalmente la autoconstrucción es el siguiente paso a una invasión entendida esta como la ocupación del territorio sin estudios de riesgo ni planes de tipo urbano que relacionen el territorio invadido con el resto de la ciudad.        La ausencia de planificación y la falta de cultura de prevención completan el conjunto.

El primer problema de la autoconstrucción se da en la decisión a tomar respecto a la cimentación. Sin estudio de suelos, la cimentación lejos de ser una respuesta al tipo de suelo, se ejecuta asumiendo una futura edificación generalmente de uno o dos pisos, siendo que ahora el promedio llega a cuatro pisos.

Las siguientes decisiones que toma el poblador se refieren al material a emplear y a la forma de emplearlo. Esta decisión se toma bajo el supuesto que el empleo del material es condición suficiente para obtener una edificación bien construida y se emplea la frase “material noble” refiriéndose a ladrillo, cemento y acero pero son empleados sin criterio técnico, e incluso sustituyendo calidades, así, para muros portantes o albañilería confinada, se descarta el ladrillo King Kong y se emplea el ladrillo pandereta y para techos se descarta el ladrillo hueco de 15 cm.de alto y se emplea el llamado carachita de solo 8, con lo que se obtiene viguetas con menos peralte y se desmejora aún más el resultado final.

Tanto el diseño de la arquitectura como el cálculo de la estructura quedan como decisiones en obra a cargo de prácticos con formación empírica “Maestros de obra” que en realidad pueden ser solamente ayudantes de albañiles.

La modalidad de avance de estas edificaciones durante el tiempo que toma hacerlas,  con distintas situaciones económicas del propietario, algunas veces distintos propietarios por venta o por herencia de la propiedad y distintos maestros de obra, hace que las edificaciones autoconstruidas en muchos casos adolezcan de falta de continuidad estructural. Columnas que no continúan la totalidad de la estructura, muros portantes de ladrillo King Kong que cambian a ladrillo pandereta en los pisos superiores, falta de vigas de amarre y vigas de arriostre en el conjunto estructural.

Este conjunto de características inherentes a la autoconstrucción, descalifican la supervisión que, para mejorar el resultado final, se proponen tanto desde diversos programas del  estado como desde entidades privadas con la finalidad de mejorar el resultado final, ya que la capacidad de negociar del supervisor para obtener mejoras, es débil frente a un propietario y su constructor contratado por un presupuesto previo, además que las etapas de avance supeditadas a la disponibilidad de ingresos del poblador, dificultan su adecuado seguimiento.

Del otro lado, está el proceso constructivo legal, es decir el que está normado y que implica estudios y planes, que ha sido técnicamente dotado de las conexiones de agua potable, desagüe, energía eléctrica, alumbrado público, pistas y veredas. Donde la edificación ha sido diseñada por un arquitecto, las estructuras calculadas por un ingeniero estructural, sus instalaciones han sido diseñadas por ingenieros. Su proceso constructivo ha sido dirigido y supervisado por ingenieros. La obra ha sido recibida por la municipalidad y la edificación ha sido inscrita en los registros públicos.

Este es un proceso costoso que no puede ser viable a partir de economías familiares precarias sobre lotes unifamiliares.

La lógica económica necesita economías de escala, donde muchas unidades inmobiliarias comparten estos gastos, donde la edificación es muchas veces una garantía bancaria y como tal, es producida con supervisión de cada parte del proceso, un proceso que es costoso, pero que al darse en soluciones colectivas, multifamiliares, los costos se reparten y llegan al adquiriente convertidos en una fracción del costo final.
Condiciones a cumplir y supervisión. Los arquitectos y los constructores sabemos lo difícil que es lograr, en obra, una calidad especificada en cálculos y planos, y más aún si la meta es producir una estructura resistente a un sismo grado 8.

¿Por qué un sismo grado 8?
En 1746, hace 269 años Lima tenía 211 años de fundada. El 28 de octubre de ese año, a las 10:30 de la noche se produjo el único sismo grado 8 que haya soportado la ciudad, el terremoto duró más de tres minutos. Media hora después un maremoto arrasó el puerto del Callao. Según los informes del Virrey Manso de Velasco, Lima tenía 60,000 habitantes y hubo 2,000 víctimas mortales, contaba con 3,000 casas, de las que solamente 25 no cayeron. El Callao desapareció, de 4,000 habitantes solamente sobrevivieron 200. Según las Memorias del erudito José del Llano Zapata, los daños en Lima y El Callao fueron tan grandes que su reconstrucción fue considerada casi la refundación de ambas ciudades.
Geográficamente, geológicamente y estadísticamente hay evidencia que el sismo se va a repetir. Áreas a lo largo de la costa occidental de América del sur ya han soportado, en este lapso, más de un sismo de esta naturaleza.

La zona de Arica, Iquique y Antofagasta soportó un sismo de 8.2 grados el 2014, solo 146 años después del de 1868 que soportó un sismo de magnitud 9.

La zona sur de Chile, cercana a Concepción, soportó un sismo de grado 8,8 el 2010, solamente 50 años después del sismo de grado 9,5 del 1960.

Es absolutamente importante prevenir este sismo en el territorio peruano, su ocurrencia en las actuales condiciones en Lima, una ciudad que concentra el 30% de la población y el 75% del PBI peruanos, tendría las características de una catástrofe.

Origen del problema
Hasta aquí hemos hablado de la invasión masiva de tierras y la consecuente autoconstrucción masiva de viviendas vulnerables. Este proceso se inició a mediados del siglo pasado, cuando después de la segunda guerra mundial, en el mundo entero y también en el Perú se toman decisiones encaminadas a un intento de industrialización que devienen en la quiebra de las economías familiares de miles de pobladores al interior del país, al mismo tiempo que en Lima y Callao se da un alza en la oferta oferta de nuevo empleo para las nuevas industrias, en los 70, la causa de crecientes migraciones fue la cantidad de campesinos desempleados o sin tierra a consecuencia de la Reforma Agraria y posteriormente, las acciones terroristas en el interior del país. Estos factores originaron movimientos migratorios nacionales masivos hacia las áreas vacías cercanas a los nuevos centros de Lima y Callao en búsqueda de empleo y seguridad, de tal intensidad, que hicieron colapsar la capacidad del estado. Este proceso, ha sido magníficamente descrito por José Matos Mar en su libro “Desborde popular y crisis del Estado” editado en 1984.

De esa época data la mayor cantidad de invasiones que ahora constituyen parte importante del área urbana de Lima y Callao. De fines de esa época y como consecuencia de esos problemas, data también la normativa de 1996 que crea la Ley de Promoción de Acceso a la Propiedad Formal y su ente COFOPRI, el ente encargado de legalizar la posesión de la tierra invadida.

El estado desbordado ¿y el país?
A partir de esa fecha, el estado desbordado se acostumbró a no tener un rol, o lo tuvo poco técnico, que en la práctica consistió en asumir los pasivos ambientales, sociales y urbanísticos de la invasión y, a la larga, contribuir a la construcción del escenario del subdesarrollo urbano.

Los fabricantes de materiales de construcción reconocieron el potencial comprador de la autoconstrucción y enfocaron sus ventas al tipo de comprador, contribuyendo a posicionar “el sueño de la casa propia” como la casa sobre un lote unifamiliar y autoconstruida.

La academia, ONG y numerosos investigadores, con emoción social y la mejor intención del momento, valoraron el esfuerzo calificado de heroico de un pueblo al construir áreas urbanas de la nada, auto resolviendo su problema de la vivienda, convirtiendo laderas y desiertos en lugares para trabajar mejorando su propia economía e incorporando nuevos habitantes.

Importantes economistas valoraron el ahorro familiar representado por la edificación, se vio el beneficio de legalizar, vía la titulación, estos evidentes símbolos de progreso y usarlos como palanca de la mejora económica futura tanto familiar como nacional, como finalmente sucedió.

Los profesionales ingenieros y arquitectos, tuvimos el peso de la opinión pública favorable a estos hechos, solo algunas voces aisladas hablaron de Riesgo y gestión de riesgo, otros reclamamos acciones de prevención en el marco de una inexistente planificación de la ocupación del territorio.

Durante décadas, nadie o casi nadie vio las inconveniencias de la autoconstrucción, inconveniente no solamente como modo de ocupar el territorio, sino como modo de construir una ciudad, en base a la suma de esfuerzos, personales o familiares a partir de lotes unifamiliares produciendo una ciudad agregada, de la misma forma que se produjeron las ciudades medioevales, pero además obteniendo como resultado una ciudad caótica y peligrosa.

A manera de evaluación.
La autoconstrucción no es barata, construir semana a semana parte por parte es tan caro como autoconstruir de ese modo un carro o una refrigeradora o una licuadora, podemos presumir serán más caros y de menor calidad, lo mismo sucede con, una vivienda autoconstruida, con el agravante de que es vulnerable y alberga a la familia y además algo muy importante, constituye el principal ahorro de esa gran cantidad de familias limeñas.

La autoconstrucción tampoco es saludable, viene asociada a grandes tasas de mortalidad infantil por disentería y por neumonía durante todo el tiempo que dure la terminación de la vivienda que puede tomar años.

La autoconstrucción implica también corrupción, el primer esfuerzo de los invasores es colectar dinero para corromper a las autoridades encargadas de impedir la invasión y esta no se detiene, sino que suele ser parte de muchas de  sus etapas.

El reparto de lotes, permite la inequidad al interior del área, permite la especulación de lotes vacíos a la espera del aumento de valor y el cambio de uso de lotes beneficiados por su ubicación frente a vías principales.

Desde hace décadas, el estado a través de COFOPRI  que legaliza la invasión de tierra, promueve directamente la autoconstrucción, y la promueve indirectamente a través del llamado Módulo Básico, 40 o 45 m² para ser ampliados por autoconstrucción. La necesidad de posesión de la tierra como condición para su titulación, ha sustituido a los antiguos dirigentes por mafias organizadas muchas veces con personal armado que actualmente son las que tienen a su cargo parte importante del crecimiento de las ciudades.

Sin embargo la autoconstrucción está tan generalizada porque el poblador que invade o que compra un lote a una de estas mafias, no tiene otra alternativa, es lo que se hace desde hace años, el estado lo acepta y el mercado inmobiliario no produce unidades compatibles con su economía. Se trata de jóvenes solteros o parejas jóvenes que viven alojados en casas de parientes o alquilan cuartos o son migrantes que no disponen de otro lugar para vivir, pero que si tienen ingresos producto de su trabajo en la ciudad. 
Es por esta razón, por ser un problema de tipo económico que involucra costos y oportunidades, que la solución debe también ser un hecho económico pero que cumpla el rol de hacer que la alternativa planteada supere a la realidad existente, esta alternativa, debe venir en forma de oportunidad, de ventaja económica evidente.

Unidades Mínimas de Vivienda.
De la misma forma que el acceso al mercado vehicular, es a partir de unidades pequeñas y de bajo costo que le sirven al adquiriente para entrar al mercado y capitalizarse para posteriormente acceder a nuevas unidades mayores, también el mercado inmobiliario legal debería incluir Unidades Mínimas Habitacionales, cuartos con baño y facilidades para kitchenette, unidades de 15 a 18 m² tal como el mercado informal las incluye para alquiler o venta. Altamente subvencionadas, con cuotas a su alcance, estarían dirigidas a estos jóvenes solos o parejas jóvenes, con el deliberado propósito de sacarlos de la necesidad de invadir, estas unidades serían parte de conjuntos que incluyan otros tipos de viviendas. Permitirían al adquiriente, entrar al mercado legal y vender cuando pueda pagar otra y además al permitir una mayor densidad de uso de suelo, tendrían un efecto muy definido en el abaratamiento del costo del suelo urbano.

Propuestas buscando mitigar el problema
El país ya no es el de los 80 o el de los 90, tampoco sus problemas ni sus potencialidades. Lo primero es lograr el cambio de actitud del estado, otra visión. Como arquitectos exigimos niveles de excelencia en el tratamiento del territorio y de la vivienda.  Sabemos que resolver un problema de esta naturaleza tomará tanto o más tiempo que el que tomó en crearse, pero iniciemos acciones para mitigarlo. Planes fundados en el conocimiento de problemas, y acciones a partir de líneas de base conocidas y control de resultados.  

Como planificadores demandamos un enfoque nacional a los problemas del asentamiento poblacional, el planeamiento estratégico nos llevaría a encontrar una mejor distribución tanto de la población como de la producción de riqueza en el territorio peruano.

De acuerdo a datos oficiales del INEI en su boletín “Estimaciones y proyecciones para el 2014”, si sumamos las poblaciones de las ciudades desde Arequipa, Trujillo, Chiclayo, hasta la número 25 que resulta ser Pisco, alcanzamos solamente el 73% de la población de Lima. En el Perú no existe una red de ciudades intermedias. En términos de calidad de vida, en todo el territorio nacional, no hay alternativa al nivel de vida obtenible en Lima. Esta es una razón que explica la presión migratoria.

Como habitantes del siglo XXI, exigimos enfoques sostenibles para la toma de decisiones. Nuevas áreas en las ciudades existentes y las ciudades nuevas deberían tener un mínimo impacto en el medio ambiente, este impacto debe tener un tratamiento paisajístico integral. Las instalaciones deben incluir colección desagregada de aguas grises y negras y empleo de las grises tratadas en nuevos usos. Colección desagregada de residuos orgánicos dedicados a obtención de metano utilizable como combustible, e inorgánicos desagregados en cuatro o cinco tipos de desecho además de papel y plásticos. Para lograr esto, las unidades de vivienda y los multifamiliares, deberían ser el punto de inicio de esta recolección, con facilidades y rutas claras encaminadas a obtener valor con el reciclaje de lo recolectado. Un punto definido de recolección de desmonte que debe depositarse convenientemente tratado. Vías peatonales y ciclo vías como parte de un conjunto planeado de sistemas de transporte masivo. Todas estas ideas, son capaces de generar proyectos y empresas rentables.
Nada de esto es posible sin una visión clara y completa.
Nada de esto es posible con invasiones y autoconstrucción.

De manera que la evaluación que le exigimos al estado para normar y optar por inversiones en vivienda, en equipamiento e infraestructura urbana no debe ser solamente respecto a costos directos, debe incorporar costos ambientales, sociales y ecológicos, debe incluir riesgos y amenazas y cuando sea así se aclarará la inconveniencia de la política de ocupación del suelo por invasiones y autoconstrucción y la política de inversiones promoviendo lotes unifamiliares y módulos básicos que a larga promueven la autoconstrucción y la vulnerabilidad. Gastará igual con mejores resultados.

Deberíamos regresar a las soluciones multifamiliares como la UV3, Mirones, San Felipe o Limatambo, pero a diferencia de los 40 de los 60 o de los 90, ya no con dinero público siempre escaso y difícil de administrar. Hoy tenemos una valiosa experiencia acumulada en acceso masivo al crédito, con el Bono Familiar Inmobiliario que subvenciona sujeto a condiciones, buenas prácticas como el Bono al Buen Pagador que redujo la cartera pesada. Ese es el camino. Con un subproducto valioso, quien se muda a una vivienda terminada y asume una deuda con una entidad privada, tiene la opción de convertirse en un disciplinado pagador de cuotas y por lo tanto de impuestos, ya no invasor ilegal si no un ciudadano que ya no arriesga su salud, y la de sus hijos y a la larga será parte de la gobernabilidad.

Un área urbana con edificaciones con promedio de tres o cuatro pisos de mala arquitectura y por lo tanto poco eficiente, tiene baja densidad, esto disminuye la rentabilidad de sus servicios lo que a su vez, encarece sus tarifas. Reemplazando estas áreas de baja densidad por unidades multifamiliares de cinco a ocho pisos, con diseños arquitectónicos eficientes, el efecto de reducción del costo de suelo hará que los proyectos puedan devenir en altamente rentables y ser atractivos como emprendimientos inmobiliarios.

De otro lado, las áreas densificadas de la ciudad permitirán la viabilidad de su equipamiento y servicios, que debería incluir el aporte de la empresa privada. Necesitamos las normas que permitan aunque sea uno de estos proyectos en forma experimental para seguir en ese camino.

Esta densificación urbana no tiene mucho sentido si consiste el reemplazo de edificaciones multifamiliares en lotes unifamiliares, la rentabilidad de proyectos de densificación está directamente asociada a mayores áreas lo que demandaría acumular varias unidades. Para lograr esto, debería normarse e institucionalizarse un tipo de fideicomiso que garantice y asegure tanto a los aportantes de terreno como a los promotores inmobiliarios que lo acumulen.

En el marco de estas nuevas normas, nuestras empresas desarrolladoras inmobiliarias deberían crecer y también cambiar de visión, asumir cada vez mayores proyectos, ya no ir lote por lote, involucrarse en el reto de construir la ciudad sostenible que queremos, con espacio público, con áreas verdes, con equipamiento público y privado viable a partir de sinergias que ahora se desaprovechan.

El estado como autoridad, debe asumir el rol normativo que le compete, el rol de liderazgo político del desarrollo urbano pero sin interferir con la planeación ni ejecución de soluciones en las ciudades. El fuero municipal debe ser respetado. Será necesario crear, como en otros países, entidades más dinámicas, corporaciones, o emprendimientos público-privados que se encarguen de planear y concesionar cada paso.  

Conclusión
Como resultado de ese cambio de visión, el estado gastaría lo mismo pero con resultados diferentes. En vez de intervenir en las anti técnicas áreas invadidas para construir costosamente las redes de agua, desagüe energía eléctrica y alumbrado, pistas y veredas, debería habilitar grandes extensiones y condicionado a resultados con rango de excelencia, las pondría, vía concursos públicos, a disposición de grupos promotores y del sistema financiero lo que reduciría el precio de venta final de edificaciones sismo resistentes y al hacerlo, echaría a andar un conjunto de sinergias y círculos virtuosos que en todas partes del mundo han devenido en desarrollo urbano y obviamente desarrollo social y ambiental. Necesitamos el correlato urbano de ese otro país que ya somos.

Vivienda adecuada y sismo resistente.
Por primera vez en la historia, más de la mitad de la población mundial vive en ciudades y las cifras van en sentido creciente. En Latinoamérica y el Caribe, estas ciudades albergan a más de 120 millones de personas, y su característica es que presentan altos niveles de exclusión, de desigualdad, de inequidad y de vulneración de derechos, todo lo que ha dado lugar a plantear como en Bogotá el año 2012 y la semana pasada en Monterrey, México sendos foros bajo el auspicio de ONU Habitat, donde se plantea la solución de estos como un derecho humano que lleve a nuestras ciudades en base a soluciones con equidad, inclusión y accesibilidad hacia el concepto de vivienda digna y adecuada y ciudades para la vida.

En el Perú, a estos conceptos se le debe añadir además la condición de resistente a un sismo grado 8.

De esos 120 millones de latinoamericanos, 9 viven en Lima, de ellos más de 6 millones habitan viviendas potencialmente vulnerables.

En 1746 murieron 2,000 de 25,000 limeños y 3,800 de 4,000 chalacos.

Seamos optimistas, veamos posible mitigar este problema a corto y mediano plazo, pero si no actuamos pronto, pensemos en cuántos compatriotas estamos dispuestos a perder algún día ojalá lejano y no deseado del siglo XXI.

Muchas gracias.

Luis Gurmendi Tovar.